Almas muertas

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—¿Y sabe usted, Pavel Ivanovich? —prosiguió Manilov dando a su rostro una expresión no ya dulce, sino incluso empalagosa, con la mixtura con que el habilidoso médico mundano azucara la medicina, convencido de que con ello alegrará al enfermo—. Entonces uno experimenta algo parecido a cierto placer espiritual… Por ejemplo, en este momento, cuando la fortuna me ha deparado la felicidad, podríamos asegurar que única, de conversar con usted y de gozar de su grata compañía…

—¡Por Dios! ¿Qué puedo tener yo de agradable? Sólo soy una persona insignificante, carente por completo de importancia.

—¡Oh, Pavel Ivanovich! Permítame usted que le hable con el corazón en la mano. Entregaría encantado la mitad de mi fortuna a cambio de sólo una parte de las cualidades que posee.

—Por el contrario, soy yo quien me consideraría el más…

Se ignora hasta dónde habrían llegado ambos amigos en esa mutua expansión si no hubiera comparecido un criado anunciando que la comida estaba dispuesta.

—Hágame el favor —dijo Manilov—. Perdónenos usted si nuestra comida es muy distinta de las que se ofrecen en las capitales y en las casas lujosas. Somos gente sencilla; de acuerdo con la costumbre rusa, tenemos sopa de col, pero se la ofrecemos con toda el alma. Hágame el favor de pasar.


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