Almas muertas

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Nuevamente estuvieron porfiando durante un buen rato acerca de quién tenía que pasar primero hasta que, por último, Chichikov se introdujo de costado en el comedor.

En él se encontraban ya dos niños, hijos de Manilov. Tenían esa edad en que los pequeños comen ya junto con los mayores, pero en sillas altas. A su lado se hallaba el preceptor, quien para saludar hizo una cortés inclinación al mismo tiempo que esbozaba una sonrisa. La dueña de la casa se sentó junto a la sopera. Al invitado se le indicó que tomara asiento entre ella y el anfitrión mientras un criado iba anudando las servilletas al cuello de los niños.

—¡Qué niños tan simpáticos! —exclamó Chichikov contemplándolos—. ¿Qué edad tienen?

—El mayor ocho años y el menor acaba de cumplir los seis —repuso la señora de Manilov.

—Escucha, Temístoclus —dijo Manilov al mayor, que intentaba sacar la barbilla de la servilleta que le había anudado el criado.

Chichikov arqueó un poco las cejas al oír este nombre griego, al que, se ignora la causa, Manilov hacía acabar en «us», pero en seguida volvió a su rostro la expresión que era corriente en él.

—Contesta, Temístoclus, ¿cuál es la mayor ciudad de toda Francia?


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