Almas muertas

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El preceptor clavó su mirada en Temístoclus, como si fuera a comérselo con los ojos, pero se tranquilizó por completo y asintió con la cabeza al oír que el pequeño decía:

—París.

—Y en Rusia, ¿cuál es la ciudad mayor de todas? —preguntó de nuevo Manilov.

El preceptor volvió a ponerse en guardia.

—San Petersburgo —repuso Temístoclus.

—¿Y qué otra?

—Moscú —repuso Temístoclus.

—¡Qué inteligente! —exclamó Chichikov—. Pero permítame… —continuó algo sorprendido dirigiéndose a los padres—. ¡Tan pequeño y hay que ver lo que sabe! Permítame decirle que este niño es muy listo.

—¡Oh! Todavía no lo conoce usted bien —dijo Manilov—. Es muy inteligente y muy capaz. El menor, Alcides, es menos vivo, pero él, cuando ve una cochinilla o cualquier otro animal, parece que se le enciendan los ojos de tanto brillarle y se va al instante a mirar. A mí me gustaría que se dedicara a la diplomacia. Temístoclus —agregó dirigiéndose al niño—, ¿quieres ser embajador?

—Sí —repuso Temístoclus sin dejar de masticar un pedazo de pan ni de mover la cabeza hacia uno y otro lado.


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