Almas muertas

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En ese preciso instante el criado que se hallaba a sus espaldas limpió la nariz al futuro embajador, e hizo muy bien, ya que de no hacerlo así se habría deslizado hasta la sopa una enorme gota de algo que no tenía relación alguna con lo que contenía el plato.

La conversación versó acerca de lo agradable que es la vida tranquila, y la dueña de la casa interrumpía de vez en cuando para hacer observaciones sobre el teatro de la ciudad y los actores. El preceptor miraba con mucha atención a los interlocutores, y cuando se daba cuenta de que estaban a punto de sonreír, abría la boca y se reía a sus anchas. Seguramente se trataba de una persona agradecida y quería pagar de este modo al propietario el buen trato que éste le dispensaba.

No obstante hubo un momento en que su rostro adquirió una expresión severa y dio unos fuertes golpetazos en la mesa, con la mirada clavada en los pequeños, que estaban sentados delante de él. Y lo hizo muy a tiempo, puesto que Temístoclus acababa de morder en la oreja de Alcides, y éste, con la boca abierta y los ojos cerrados, se disponía a armar el gran escándalo. Sin embargo, advirtiendo que esto le podía acarrear quedarse sin postre, se esforzó para que su boca adoptara la expresión acostumbrada y, con los ojos inundados en lágrimas, comenzó a roer un hueso de cordero de tal forma que sus mejillas quedaron llenas de reluciente grasa.


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