Almas muertas
Almas muertas El general Betrischev, como la mayoría de nosotros, poseía, al mismo tiempo que un gran número de buenas cualidades, una multitud de defectos. Unas y otros, como les sucede con frecuencia a los rusos, se unían en él en un pintoresco desorden. En los momentos decisivos se mostraba magnánimo, era valeroso y de una generosidad ilimitada: siempre manifestaba una gran inteligencia. Y junto a todo esto, amor propio, caprichos, triquiñuelas de las que ningún ruso es capaz de prescindir cuando se halla inactivo. Detestaba a todos aquellos que le habían alentado en el servicio y siempre que aludía a ellos era mordaz y se expresaba con hirientes epigramas. Su primera víctima era un viejo compañero cuya capacidad e inteligencia juzgaba inferiores a las suyas, pero que le había aventajado y era ya gobernador general de dos provincias, precisamente, como hecho a propósito, de un territorio en el que estaba situada su hacienda, de tal manera que parecía como si dependiera de él. A fin de vengarse, hablaba con desprecio de su homólogo cuando se presentaba ocasión, criticaba todas sus disposiciones y en cualquiera de ellas veía la máxima insensatez. Todo en él parecía extraño, comenzando por la instrucción, de la que era un ardiente defensor. Le agradaba brillar y saber lo que otros ignoraban, y no le gustaban las personas que sabían algo que él no sabía. En resumen, le complacía alardear un poco de su inteligencia. Con una educación extranjera a medias como había sido la suya, le satisfacía hacer de gran señor ruso.