Almas muertas
Almas muertas Asà pues, es fácil comprender que con un carácter tan poco uniforme y con tan notables contradicciones hubiera de tener por fuerza innumerables disgustos en su carrera, como consecuencia de los cuales solicitó el retiro, echando las culpas de ello a cierto partido enemigo y sin tener la generosidad de culparse a sà mismo de nada. En cuanto se hubo retirado, conservó el mismo empaque majestuoso de antes. Continuaba siendo el mismo, tanto de levita, como de frac o cuando llevaba su bata. Empezando por la voz y terminando en el menor de sus gestos, todo en él era imperioso, autoritario, inspirando a sus inferiores si no afecto, al menos timidez. Chichikov experimentó lo uno y lo otro: afecto y timidez. Con la cabeza inclinada respetuosamente y extendiendo las manos como si fuera a levantar una bandeja repleta de tazas, hizo una flexión de tronco con sorprendente agilidad y dijo:
—He creÃdo un deber el presentarme a Su Excelencia. Siento gran estimación por los valientes hombres que salvaron a nuestro paÃs en el campo de batalla y he creÃdo un deber el venir a presentarme personalmente a Su Excelencia.
Este modo de abordar la visita pareció complacer al general. Después de una acogedora inclinación de cabeza, repuso:
—Mucho gusto en conocerle. Hágame el favor de tomar asiento. ¿Dónde ha servido usted?