Almas muertas
Almas muertas —Inicié la carrera —contestó Chichikov mientras se acomodaba no en el centro del asiento, sino de costado, y sujetándose al brazo del sillón— en una oficina pública, Excelencia. Después estuve en un juzgado, más tarde en una comisión de obras y luego en Aduanas. Mi vida podrÃa ser comparada a un navÃo entre las olas, Excelencia. Mis pañales, por asà decirlo, fueron la paciencia. PodrÃa afirmarse que soy la encarnación de la paciencia… Y por lo que respecta a los enemigos que han atentado contra mi propia vida, no existen palabras que puedan describirlo ni pinceles que puedan pintarlo de manera que en el ocaso de mi vida busco únicamente un rincón donde pasar el resto de mis dÃas. Por ahora me hospedo en la casa de un vecino de Su Excelencia…
—¿De quién?
—De Tentetnikov, Excelencia.
El general frunció el entrecejo.
—Él se siente muy apenado, Excelencia, por no haber dado pruebas de la debida deferencia…
—¿A quién?
—A los méritos de Su Excelencia. No halla palabras… «Si pudiera de alguna forma… —dice—, porque en verdad sé apreciar a los hombres que salvaron a la patria».