Almas muertas

Almas muertas

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No era ni muchísimo menos de elevada estatura. Ello era debido a la singular armonía de todo su cuerpo. El vestido le sentaba tan maravillosamente que producía la impresión de que las mejores costureras se habían concertado para preparar su indumentaria. Pero esto no era más que otra ilusión. Todo parecía hecho como por sí mismo: dos o tres puntadas que hubieran recogido una pieza de tela sin cortar, formando pliegues y frunces, pero con tal arte que si se comparaba con ella a todas las señoritas vestidas a la moda, éstas habrían parecido unas criaturas comunes que se cubrieran de miserables retales. Y si la hubieran esculpido, con esos pliegues y frunces, en mármol, todo el mundo habría visto en ella una genial obra de arte. Un solo defecto: era excesivamente delgada.

—Tengo el gusto de presentarle a mi niña mimada —dijo el general al tiempo que se volvía hacia Chichikov—. Aunque ignoro aún su apellido, nombre y patronímico.

—¿Es forzoso saber el nombre y patronímico de una persona que no ha destacado por sus grandes acciones? —repuso con modestia Chichikov moviendo la cabeza.

—No obstante, es necesario conocerlos…

—Pavel Ivanovich, Excelencia —dijo Chichikov haciendo una inclinación casi con la misma ligereza de un militar y retrocediendo con la ligereza de una pelota de goma.


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