Almas muertas
Almas muertas En el despacho se oyó un leve ruido. La puerta de nogal de un armario tallado se abrió por sí misma y, con la mano apoyada en el tirador de cobre, apareció una grácil figura. Si en una estancia oscura hubiera surgido de pronto un cuadro transparente iluminado por detrás mediante potentes lámparas, no habría sido tanto el asombro que aquella aparición causó. Un rayo de sol pareció entrar con ella y mofarse del lóbrego despacho del general. En un principio, Chichikov no pudo darse cuenta de quién era la que tenía ante él. Resultaba difícil adivinar en qué país había visto la luz. Un rostro de facciones tan nobles y tan puras no se podría hallar en ninguna parte, como no fuera en los antiguos camafeos. Erguida y ligera como una flecha, parecía dominarlo todo. Pero esto no era más que una ilusión.