Almas muertas

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Realmente, resultaba bastante agradable. Las paredes estaban pintadas de una especie de color azul que se acercaba a grisáceo. Había cuatro sillas, una butaca, una mesa en la que se encontraba el libro aquel de que ya hablamos antes, con una señal entre las hojas, y algunos papeles escritos. Pero lo que más se veía allí era tabaco. Había en unos cuantos recipientes, en la tabaquera, e incluso amontonado sobre la mesa. En las dos ventanas se distinguían pequeñas montañitas de ceniza de la pipa, dispuestas con sumo cuidado en bonitas filas. Era fácil advertir que esto proporcionaba en ocasiones un agradable pasatiempo al anfitrión.

—Permítame suplicarle que se siente en esta butaca —dijo Manilov—. Aquí podrá hacerlo con más comodidad.

—Gracias, pero prefiero sentarme en una silla.

—Permítame que no le complazca —replicó Manilov con una sonrisa—. Esta butaca la reservo para mis huéspedes. Lo quiera o no, tiene que sentarse en ella.

Chichikov tomó asiento.

—Permítame ofrecerle una pipa nueva.

—No, se lo agradezco, no fumo —contestó Chichikov con voz dulce y como lamentándolo.

—¿Por qué? —inquirió Manilov con voz asimismo suave e investigadora.

—Tengo miedo de acostumbrarme. Tengo entendido que la pipa hace adelgazar.


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