Almas muertas
Almas muertas El administrador acudió. Era un hombre que no se hallaba muy lejos de los cuarenta años. Se afeitaba la barba, llevaba levita, y, por lo visto su vida era extremadamente tranquila, pues su cara rolliza, el color amarillento y pálido de su piel y sus diminutos ojillos daban a entender que era muy amigo del colchón y de las sábanas. Desde el primer momento podÃa verse que habÃa hecho su carrera de igual forma que el resto de administradores de haciendas rústicas. Al principio, sólo fue en la casa un muchacho que sabÃa simplemente leer y escribir; más tarde contrajo matrimonio con alguna Agashka, que era ama de llaves, favorita de la señora, convirtiéndose él en amo de llaves, y de ahà pasó a administrador. Y en cuanto hubo alcanzado este empleo, se comportó, es fácil comprenderlo, como todos los administradores: se llevaba bien y era amigo de los campesinos más ricos de la aldea, aumentaba los impuestos de los más pobres, se levantaba a las ocho bien tocadas, aguardaba que apareciera el samovar[13] y tomaba su té.
—Oye, amigo, ¿cuántos campesinos se han muerto desde que se presentó la última relación?
—¿Cuántos? Pues muchos —repuso el administrador, quien levantó la mano a la altura de su boca para cubrirla ligeramente, como si fuera un escudo, a fin de disimular el hipo.