Almas muertas
Almas muertas —SÃ, asà lo creo yo —asintió Manilov—. Han muerto muchos, muchÃsimos —y dirigiéndose a Chichikov añadió—: Realmente, son muchos.
—¿Cuántos, más o menos? —apuró Chichikov.
—SÃ, eso, ¿cuántos? —repitió Manilov.
—¿Cómo quieren que se lo diga? No se sabe cuántos han sido. Nadie se preocupó por contarlos.
—SÃ, exactamente —dijo Manilov dirigiéndose a Chichikov—. Es lo que me imaginaba. La mortalidad ha sido muy alta y se ignora cuántos murieron.
—Tú ten la bondad de contarlos —dijo Chichikov al administrador— y trae una relación nominal de todos ellos.
—SÃ, una relación nominal de todos… —repitió Manilov.
El administrador dijo entonces: «A sus órdenes», y se marchó.
—¿Y para qué quiere usted la relación? —preguntó Manilov después que el administrador hubo salido.
Esta pregunta pareció confundir al invitado. En su rostro apareció una expresión de violencia e incluso se le subieron los colores a la cara. Era la violencia de quien ofrece resistencia a decir algo. Y efectivamente, Manilov pudo escuchar unas cosas tan raras y extraordinarias como jamás habÃan escuchado sin duda oÃdos humanos.