Almas muertas
Almas muertas Manilov dejó caer la pipa y así, boquiabierto, permaneció durante un buen rato. Ambos amigos, que anteriormente habían charlado acerca de los placeres de una vida presidida por los lazos de la amistad, se quedaron inmóviles, mirándose fijamente el uno al otro, de igual modo que esos retratos que en otros tiempos se ponían frente a frente a ambos lados del espejo. Por último Manilov volvió a coger su pipa, y miró al invitado de la cabeza a los pies, esperando ver en sus labios una sonrisa irónica, con la convicción de que se trataba de una broma. Pero no vio nada de esto, por el contrario, le pareció que el rostro de Chichikov estaba aún más serio de lo que solía. Después pensó si su invitado habría perdido el juicio, y con cierto temor le miró con atención. Pero los ojos y el aspecto del invitado eran totalmente normales. No se advertían en él ese brillo inquieto y salvaje que tiene la mirada de un loco. En él todo era correcto y normal. Por más que Manilov reflexionara acerca de lo que debía hacer, no se le ocurrió otra cosa que lanzar en fino chorrito el humo que le quedaba aún en la boca.
—Así pues, me gustaría saber si usted ve algún inconveniente en cederme, entregarme o como usted quiera, los campesinos que en realidad están muertos pero que a efectos fiscales se consideran todavía como vivos.
Sin embargo, Manilov se hallaba tan confuso, tan turbado, que sólo era capaz de mirarle fijamente.