Almas muertas
Almas muertas —Creo que hay para ello algún inconveniente… —observó Chichikov.
—¡Oh, no, no, no veo dificultad alguna! —replicó Manilov—. Lo que pasa es que no alcanzo a comprender… Perdóneme… Por supuesto que a mà no me dieron una instrucción tan brillante como la que se advierte claramente en todos sus gestos. Carezco del elevado arte de expresarme… Tal vez en este momento… en lo que acaba usted de decir… hay algo que no llego a entender. ¿No escogió usted las palabras adecuadas para que la frase resultara más bella?
—No —contestó Chichikov—. No, yo hablo de las cosas tal como son, es decir, me refiero a las almas que realmente han muerto.
Manilov llegó al colmo de la confusión. Se daba cuenta de que debÃa hacer algo, preguntar algo, pero el diablo sabÃa qué era lo que debÃa preguntar. Acabó por lanzar otro chorrito de humo, pero esta vez no por la boca, sino por la nariz.
—AsÃ, pues, si no encuentra usted inconveniente, podrÃamos proceder ahora mismo a redactar la escritura de compra —dijo Chichikov.
—¡Cómo! ¿Una escritura de compra de almas muertas?