Almas muertas
Almas muertas —Hazte el listo, hazte el listo, ya veremos quién de los dos lo es más —exclamaba Selifán enderezándose y soltando un latigazo al holgazán—. ¡A ver si te enteras de cuál es tu deber, pedazo de cuerno! El bayo es un animal serio que cumple con su obligación, y por esto espero darle doble ración de pienso, porque se lo merece; también el «Asesor» es un buen caballo… ¡Eh, eh, deja quietas las orejas! No seas estúpido y escucha cuando te hablan. No tengo por qué enseñar nada malo a un ignorante como tú… ¡Vaya el muy necio, dónde va a meterse!
Cuando llegó a este punto le lanzó otro latigazo, refunfuñando:
—¡Eh, animal! ¡Maldita holgazanerÃa!
Después les gritó a todos:
—¡Adelante, amigos! —e hizo restallar el látigo sobre los tres, pero no para castigarles, sino a fin de demostrar que estaba satisfecho de ellos.
Después de proporcionarles esta alegrÃa, volvió a dirigirse al blanco: