Historias de San Petersburgo

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Pero eso fue, justamente, lo que no le permitieron. La madre declaró que aquel día Lise se hallaba un tanto indispuesta, pero que nunca tenía amarillez y que su rostro admiraba, en particular, por la lozanía del color. Pesaroso, Chartkov se puso a borrar lo que su pincel había hecho nacer en el lienzo. Desaparecieron muchos trazos casi imperceptibles y, con ellos, también desapareció en parte el parecido. Insensiblemente fue dando al retrato ese colorido común que se aplica de memoria y convierte cualquier rostro, aunque sea tomado del natural, en una de esas caras ideales y frías que pueden verse en los bocetos de los estudiantes. En cambio, la madre se mostró encantada de que, hubieran sido desterrados los colores que la ofuscaban. Tan sólo se sorprendió de que el trabajo durase tanto, añadiendo que, según había oído, Chartokv solía terminar los retratos en dos sesiones. El pintor no supo qué replicar. Madre e hija se dispusieron a marcharse. Chartokv dejó el pincel para salir a despedirlas y luego permaneció un buen rato, quieto y perplejo, ante el retrato. Lo contemplaba con expresión estúpida, mientras rondaban su mente los delicados rasgos femeninos, las tonalidades y los matices etéreos que primero captó y luego destruyó tan despiadadamente su pincel. Obsesionado por ellos, apartó el retrato y rebuscó una cabeza de Psique esbozada un día y arrinconada después. Era un rostro hábilmente pintado, de una perfección ideal y frío hasta la exageración, compuesto sólo de rasgos ideales que no dejaban traslucir la vida. A falta de otra ocupación, se puso a repasarlo, reproduciendo en él todo lo que había logrado advertir en el rostro de la aristocrática visitante. Los rasgos, los matices y las tonalidades que se le habían revelado adquirieron la pureza con que surgen cuando el artista, compenetrado con el modelo, se aparta ya de él y crea otro ser aunque a su semejanza. Psique comenzó a cobrar vida, y la idea, que apenas insinuaba, tomó forma corpórea poco a poco. Trasladado espontáneamente a Psique, el rostro de la joven aristócrata adquirió así una expresión peculiar que le daba derecho al título de obra genuinamente original. Era como si el artista hubiese aprovechado, por partes y en conjunto, todo lo que le ofrecía el original, entregándose de lleno a su trabajo. Por espacio de varios días, se dedicó a él exclusivamente. Y, trabajando en Psique, le sorprendio la llegada de Lise y su madre. No le dio tiempo a quitar el cuadro del caballete. Madre e hija juntaron las manos con asombro y lanzaron una exclamación de alegría.


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