Historias de San Petersburgo

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Se interrumpió de pronto, estremecido de pies a cabeza; sus ojos habían tropezado con otros ojos clavados fijamente en él. Eran los del extraño retrato comprado en Schukin Dvor. Había estado oculto detrás de otros cuadros que se amontonaron encima y Chartkov no había vuelto a acordarse en él. Ahora, una vez retirados del estudio los retratos y las pinturas a la moda que lo llenaban, emergía aquél con sus obras de juventud. La furia estuvo a punto de adueñarse de su alma al recordar toda la insólita historia, al recordar que, en cierto modo, aquel misterioso retrato fue la causa de su metamorfosis, que el tesoro llegado a sus manos de forma tan milagrosa despertó en él todos los afanes vanidosos que malograron su talento. Mandó retirar inmediatamente el odioso retrato. Sin embargo, su inquietud espiritual no se calmó por eso: todos sus sentimientos y todo su ser estaban conmovidos hasta lo más profundo y, entonces, conoció ese angustioso tormento que, como sobrecogedora excepción, se da a veces en la Naturaleza cuando un talento mediocre se esfuerza por mostrarse en una dimensión superior a la suya y no lo consigue; ese tormento que en el joven engendra algo grande, pero que se convierte en ansia estéril para quien ha rebasado el límite de sus sueños; este terrible tormento que empuja al hombre a cometer tremendos delitos. Se apoderó de él un espantoso sentimiento de envidia, de envidia rayana en el frenesí. La bilis le acudía al rostro cuando veía una obra mareada por el sello del talento. Rechinando los dientes, la devoraba con ojos de basilisco. Su alma engendró el plan más diabólico que nadie había concebido y se lanzó a ponerlo en práctica con demencial energía. Se dedicó a adquirir lo mejor que se producía en pintura. Compraba un cuadro a un precio fabuloso, lo llevaba con todo cuidado a su estudio y, una vez allí, arremetía contra él con la furia de un tigre y lo rompía, lo desgarraba, lo cortaba en pedazos y lo pateaba riendo de placer. La gran fortuna que había acumulado le proporcionaba los medios necesarios para satisfacer aquel deseo infernal. Desató todos los sacos de oro y abrió todos sus cofres. Ningún monstruo de ignorancia destruyó jamás tantas hermosas creaciones como destruyó ese rencoroso furibundo.


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