Historias de San Petersburgo
Historias de San Petersburgo Por fortuna para el mundo y para las artes, una vida tan tensa y violenta no podía durar mucho: la dimensión de las pasiones era demasiado desproporcionada y descomunal para sus escasas fuerzas. Los accesos de furia y demencia empezaron a menudear, degenerando al fin en la dolencia más espantosa. Una fiebre altísima, unida a una tisis galopante, lo atacaron de tal modo que, al cabo de tres días, no era más que su sombra. A esto vinieron a sumarse todos los síntomas de una locura irreversible. En ocasiones, varios hombres no bastaban para sujetarlo. Empezaron a alucinarle los ojos vivientes y ya olvidados del extraño retrato, y su locura llegaba al paroxismo en esos momentos. Todas las personas que veía junto a su lecho se le antojaban repeticiones del espantoso retrato, que se desdoblaba y se multiplicaba ante sus ojos hasta ver todas las paredes cubiertas de retratos que clavaban en él sus ojos quietos y vivos. El médico que se había encargado de asistirlo y que algo había oído de su peregrina historia se esforzaba en vano por hallar un misterioso vínculo entre las visiones que lo asaltaban y los sucesos de su vida. El enfermo no comprendía ni sentía nada más que sus sufrimientos y sólo exhalaba alaridos desgarradores y palabras incoherentes. Finalmente se le escapó la vida en un último y ya mudo acceso de dolor. Su cadáver daba miedo. Nada se pudo encontrar de sus fabulosas riquezas. Pero el uso que había hecho con ellas quedó evidente para los que vieron, destrozadas y hechas jirones, tantas obras maestras, cuyo valor ascendía a muchos millones.