Historias de San Petersburgo
Historias de San Petersburgo Había un gran número de carruajes estacionados frente al portal de una casa donde se subastaban ciertas pertenencias de uno de esos acaudalados amantes de las artes que se pasan la vida en un dulce sueño, rodeados de céfiros y cupidos, con fama de mecenas sin la menor culpa por su parte, gastando cándidamente para ello millones acumulados por sus afanosos padres y, a menudo, incluso gracias a su propio esfuerzo en los comienzos. Sabido es que esos mecenas ya no existen y que nuestro siglo XIX ha adquirido, hace tiempo, la aburrida fisonomía del banquero que se deleita con sus millones únicamente en forma de guarismos estampados en el papel. Llenaba el largo salón una multitud heterogénea de visitantes, que habían acudido como aves de rapiña a devorar el cadáver insepulto. Había toda una flotilla de comerciantes rusos del Gostini Dvor, e incluso del baratillo, vestidos con levitas azules de corte alemán. Allí tenían un porte y una expresión más altivos y desenvueltos y no mostraban esa empalagosa obsequiosidad tan característica del comerciante ruso ante el cliente cuando está en su tienda. Allí no se mostraban apocados, aunque en la misma sala había muchos aristócratas ante los cuales, en otro lugar, habrían sido capaces de barrer con sus reverencias el polvo traído por sus botas. Allí se portaban con todo desahogo, palpaban tranquilamente los libros y los cuadros para cerciorarse de la calidad del género y pujaban audazmente sobre los precios que ofrecían condes u otros títulos entendidos en la materia. Abundaban los asiduos de las subastas que, en lugar de almuerzo, practicaban la visita diaria a uno de esos lugares; los aristócratas entendidos, que no pierden ocasión de ampliar sus colecciones y no tienen nada mejor que hacer de doce a una y, por último, esos nobles caballeros de traje raído y bolsa ligera que acuden todos los días con absoluto desinterés y el único fin de ver cómo terminan las pujas, quién ofrece más y quién ofrece menos, quién vence a quién y se queda con tal o cual objeto. Numerosos cuadros estaban repartidos sin orden ni concierto entre muebles y libras que ostentaban el anagrama de su antiguo propietario, aunque éste no hubiera sentido nunca, quizá, la loable curiosidad de hojearlos. Jarrones chinos, mármoles de mesa, muebles nuevos y viejos de líneas redondeadas, con adornos de grifos y esfinges y patas de garra de león, unos dorados y otros no, arañas de cristal y quinqués... Todo ello amontonado, y no con la disposición que se suele presentar en los comercios. En conjunto, un auténtico caos de objetos de arte. Por lo general, una subasta causa siempre una sensación deprimente: todo en ella recuerda un poco a unos funerales. La sala donde se realiza suele ser un poco tétrica. Las ventanas, tapadas por muebles y cuadros, vierten una luz parca, el silencio reinante da una expresión especial a los rostros, y el que lleva la subasta y pega los consabidos golpes con su maza parece cantar con voz fúnebre un responso a las pobres artes que se han encontrado allí de forma tan sorprendente. Todo ello acentúa la extensa sensación de desagrado.