Historias de San Petersburgo
Historias de San Petersburgo –PermÃtanme interrumpirles por un momento, pero es posible que yo tenga más derecho que nadie a este retrato.
Sus palabras hicieron que todos los presentes se fijaran en él. Se trataba de un hombre esbelto, de unos treinta y cinco años, con el cabello largo, negro y rizado. Las facciones, agradables, resplandecientes de sosiego, revelaban un alma ajena a todas las angustiosas conmociones mundanas. En su vestir no se notaba ninguna pretensión de seguir la moda: todo en él denotaba al artista. Se trataba, en efecto, del pintor B., a quien muchos de los presentes conocÃan en persona.
–Por extrañas que es parezcan mis palabras –prosiguió, viendo que la atención general estaba fijada en él–, quizá reconozcan que tengo derecho a pronunciarlas si se dignan escuchar una pequeña historia. Todo me hace creer que éste es un retrato que ando buscando.
En todos los rostros se pintó una curiosidad muy natural, y el propio subastador se quedó con la boca abierta y el mazo en la mano levantada, dispuesto a escuchar. Al principio, muchos volvÃan involuntariamente la mirada hacia el retrato; pero luego, a medida que aumentaba el interés del relato, no tuvieron ya ojos más que para el narrador.