Historias de San Petersburgo

Historias de San Petersburgo

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Todos ustedes conocen la parte de la ciudad llamada Kolomna –comenzó el desconocido–. Allí nada es igual que en las otras partes de San Petersburgo: no es provincia ni es la capital. Al entrar en las calles de Kolomna tiene uno la impresión de que lo abandonan todos los anhelos y los impulsos de la juventud. Hasta allí no penetra el futuro; allí todo es silencio y retiro; allí está todo el sedimento del ajetreo de la ciudad. Allá se mudan los funcionarios jubilados, las viudas y gente modesta que, habiendo tenido algo que ver con el Senado, se condena a morar en ese sitio casi de por vida; cocineras que dejaron de servir y se pasan el día husmeando por el mercado, que charlan tonterías con el dueño de alguna tiendecita y compran a diario cinco kopeks de café y cuatro de azúcar y, por último, toda esa clase de gente a la que se suele llamar gris porque su ropa, su rostro, sus cabellos y sus ojos les dan el color desvaído y ceniciento de los días en que no hay en el cielo tormenta ni sol, sino que reina un ambiente indefinido y la niebla se difunde quitando todo relieve a los objetos. Se puede incluir también a varias categorías de jubilados, como conserjes de teatro, consejeros titulares o émulos de Marte con un ojo menos o un labio medio partido. Son personas carentes de pasiones: caminan sin posar la mirada en nada y callan sin pensar en cosa alguna. Su menaje es escaso. En ocasiones todo se reduce a un frasco de vodka ruso puro, cuyo contenido van apurando monótonamente a lo largo del día sin que su cabeza experimente el impacto provocado por una de esas fuertes dosis que suele absorber los domingos el joven menestral alemán, campeador de la calle Meschánskaia y dueño absoluto de la acera cuando pasa de medianoche.


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