Historias de San Petersburgo

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La vida en Kolomna es sumamente recoleta: rara vez aparece un carruaje, como no sea el que usan los actores, que altera el silencio general con su estrépito, su crujido y su rechinar. Por allí todo el mundo anda a pie. Si acaso, pasa un coche de punto, por lo general sin cliente, cargado con una brazada de paja para el barbudo jamelgo. En Kolomna se puede encontrar alojamiento por cinco rublos al mes, incluyendo el café de por la mañana. Las viudas que disfrutan de una pensión constituyen allí la aristocracia. Observan una digna conducta, barren a menudo su habitación y comentan con las señoras amigas suyas la carestía de la carne de vaca y de las coles. Con frecuencia tienen una hija jovencita, criatura dócil y callada, incluso linda a veces, un perrillo odioso y un reloj de pared cuyo péndulo va y viene con triste tic-tac. Siguen luego los actores, cuyos emolumentos no les permiten alojarse en otra parte que en Kolomna, individuos enemigos de cualquier traba, como todos los artistas, que viven para el placer. Andan por casa en bata, dedicados a reparar una pistola o a fabricar diversos objetos de cartón que pueden ser de utilidad en el hogar, juegan a las damas o a los naipes con algún amigo que se acerca por allí, y así pasan la mañana, haciendo casi lo mismo por la tarde, con el solaz de un ponche de vez en cuando. Aparte de estos magnates y aristócratas de Kolomna, lo demás es morralla y gente de poca monta. Denominarlos a todos resultaría tan difícil como enumerar la multitud de bichejos que genera el vinagre ya pasado. Hay viejas que se entregan a la beatería y viejas que se entregan a la bebida, hay viejas que hacen las dos cosas y viejas que subsisten con medios inverosímiles, llevando a cuestas, como las hormigas, trapos y ropa vieja desde el puente de Kalinkin hasta el baratillo para venderlos por quince kopeks... En una palabra, suele verse allí al estrato más infortunado del género humano, seres cuya suerte no hallaría medio de aliviar ni un especialista en economía política bien intencionado.


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