Historias de San Petersburgo

Historias de San Petersburgo

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

He hablado de ellos para hacerles ver a ustedes la frecuencia con que estas personas se encuentran en la necesidad de buscar una ayuda urgente y temporal, solicitando algún préstamo. Por eso se instala también allí una clase especial de usureros, que proporcionan pequeñas cantidades bajo fianza o imponiendo un fuerte rédito. Estos prestamistas de poca monta suelen ser mucho más desalmados que cuantos trabajan a mayor escala, porque surgen en medio de la pobreza y los míseros harapos evidenciados sin recato, cosa que no ve el usurero rico, acostumbrado a tratar tan sólo con personas que vienen a visitarlo en carruaje propio. Por eso, en el alma de los primeros expira muy pronto cualquier sentimiento humano. Entre estos prestamistas había uno... Pero no estaría de más explicarles a ustedes que este suceso ocurrió el siglo pasado, concretamente bajo el reinado de la emperatriz Catalina II. Ya comprenderán que, tanto el aspecto de Kolomna, como el género de vida de sus habitantes, han sufrido un cambio considerable. Pues bien, como iba diciendo, había entre los usureros uno que residía desde hacía ya bastante tiempo en aquella parte de la ciudad y que era un ser especial en todos los aspectos. Vestía holgado atuendo oriental y su tez oscura delataba al hombre sureño, aunque nadie habría podido decir a ciencia cierta cuál era su nacionalidad ni si se trataba de un indio, un griego o un persa. Su estatura aventajada, casi excesiva, el color inconcebiblemente repulsivo del rostro cetrino, enjuto y atezado, el fulgor inusitado de los grandes ojos y las cejas hirsutas que los sombreaban lo diferenciaban fuerte y netamente de todos los habitantes de color ceniza de la capital. Tampoco su vivienda se parecía a las habituales casitas de madera, sino que era un edificio de piedra del estilo de los muchos que construyeron en tiempos los mercaderes genoveses, con ventanas de forma irregular y distinto tamaño, provistas de postigos metálicos y cerrojos. Este prestamista se diferenciaba de los demás por el hecho de que a cualquiera podía proporcionarle la cantidad que solicitara, lo mismo si se trataba de una anciana indigente o de un cortesano derrochador. Delante de su casa se veían a menudo los carruajes más lujosos, por cuya portezuela asomaba a veces la cabeza de una encopetada dama de la alta sociedad. Decía la fama que sus cofres de hierro estaban repletos de dinero, joyas, brillantes y objetos empeñados. Sin embargo, no tenía la codicia propia de otros usureros. Prestaba sin hacerse de rogar y a plazos aparentemente muy ventajosos, aunque, mediante ciertas extrañas operaciones aritméticas, hacía ascender los réditos a sumas astronómicas. Al menos eso decía la fama. Sin embargo, lo más chocante, lo que por fuerza sorprendía a muchas personas, era la extraña suerte que corrían cuantos tomaban prestado dinero suyo: ninguno moría de muerte natural. Nadie ha llegado a saber si se trataba de habladurías, de absurdos rumores supersticiosos o de infundios deliberadamente propagados. Lo cierto es que, en poco tiempo, se sucedieron a la vista de todos varios hechos asombrosos.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker