Historias de San Petersburgo
Historias de San Petersburgo –Verla nada más –dijo el teniente Piragov, sonriendo agradablemente y acercándose más a ella; pero observando que la asustadiza rubia intentaba deslizarse por la puerta, añadió–: Necesito, monina, encargarme un par de espuelas. ¿PodrÃa usted hacérmelas? Aunque el que la quiera, más que espuelas necesitarÃa riendas. ¡Qué manitas tan lindas!
El teniente Piragov era siempre sumamente amable en esta clase de conversación.
–Voy a llamar en seguida a mi marido –exclamó la alemana.
Se fue, y a los pocos minutos el teniente Piragov vio aparecer a Schiller, con ojos adormilados y apenas recobrado de su borrachera de la vÃspera. Al mirar al oficial recordó como un sueño embrumado los acontecimientos del dÃa anterior. No se acordaba de nada determinado, pero tenÃa el sentimiento de haber hecho alguna tonterÃa, lo cual le hizo recibir al oficial con aire severo.
–Por un par de espuelas no puedo llevar menos de quince rublos –dijo, deseando deshacerse de Piragov, pues como honrado alemán le daba vergüenza encontrarse ante quien lo viera en situación inconveniente.
A Schiller le gustaba beber sin testigos, sólo en compañÃa de dos o tres amigos, y durante este tiempo se ocultaba a los ojos de todos, incluso de sus empleados.