Historias de San Petersburgo
Historias de San Petersburgo –¿Por qué tan caro? –dijo Piragov, con cariñoso acento.
–Es un trabajo alemán –contestó Schiller con sangre frÃa, acariciándose la barbilla–. Un ruso llevarÃa por ello dos rublos.
–Muy bien. Para demostrarle que me inspira usted afecto y que deseo llegar a conocerle, le pagaré quince rublos.
Schiller se quedó parado un momento, reflexionando. En su calidad de honrado alemán, sentÃa vergüenza. Deseando declinar el encargo, declaró que antes de dos semanas no podrÃa hacerlas. Pero Piragov, sin discusión alguna, manifestó su conformidad.
El alemán, pensativo, empezó a meditar sobre cómo efectuar el trabajo para que éste valiera, en efecto, quince rublos. En este momento la rubia penetró en la forja, poniéndose a buscar algo en la mesa llena de cafeteras. El teniente, aprovechando la meditación de Schiller, se acercó a ella y estrechó su brazo desnudo hasta el mismo hombro. Esto no gustó en absoluto a Schiller.
–Meine Frau! –gritó.
–Was wollen Sie doch? –contestó la rubia.
–Gehen Sie a la cocina!
La rubia se retiró.
–Entonces, ¿dentro de dos semanas? –preguntó Piragov.