Historias de San Petersburgo
Historias de San Petersburgo –SÃ... Dentro de dos semanas –contestó pensativo Schiller–. Ahora tengo mucho trabajo.
–Adiós. Ya vendré a verlo.
–Adiós –contestó Schiller, cerrando la puerta tras él. El teniente Piragov decidió no abandonar su empresa, a pesar de que la alemana le habÃa dado pocas alas. No podÃa comprender cómo se le podÃa rechazar, cuando su amabilidad y brillante rango lo hacÃan acreedor a toda clase de atenciones. Hay que decir también que la mujer de Schiller, a pesar de su grato exterior, era muy tonta. La tonterÃa, por otra parte, constituye el encanto principal de una esposa guapa; yo, por lo menos, he conocido a muchos maridos que se sienten encantados de la estupidez de sus mujeres y ven en ellas todos los sÃntomas de una ingenuidad infantil. La belleza hace en este punto verdaderos milagros.