Historias de San Petersburgo

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Todos los defectos morales en una bella, en lugar de producir repugnancia, se tornan extraordinariamente atrayentes; el vicio mismo se respira en ellas con agrado; desaparece, en cambio, la belleza, y necesita una mujer ser por lo menos veinte veces más inteligente que el hombre para inspirarle, si no amor, por lo menos estimación. La mujer de Schiller, a pesar de su estupidez, era siempre fiel a su deber, y por ello había de ser bastante difícil a Piragov conseguir éxito en su atrevida empresa; empero, al vencimiento de los obstáculos va siempre unido un goce, y la rubia se le hacía cada día más interesante. Comenzó a venir con bastante frecuencia a preguntar por sus espuelas, cosa que acabó aburriendo a Schiller, hasta el punto de que empleó todos sus esfuerzos para terminarlas cuanto antes. Por fin quedaron hechas.

–¡Qué magnífico trabajo! –exclamó el teniente Piragov al ver las espuelas–. ¡Dios mío! ¡Qué bien hechas están! ¡Ni siquiera nuestro general tiene unas iguales!

Un sentimiento de satisfacción floreció en el alma de Schiller. Sus ojos adquirieron una expresión de alegría e hizo las paces con Piragov. "El oficial ruso es un hombre inteligente", pensó para sí.

–Entonces, ¿podría usted hacer también una empuñadura a un puñal o a cualquier otro objeto?


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