Historias de San Petersburgo
Historias de San Petersburgo –¡Oh! ¡Claro que puedo! –dijo Schiller con una sonrisa.
–Pues entonces hágame una empuñadura a un puñal. Tengo uno turco muy bueno, al que quisiera cambiársela.
Esto fue como una bomba para Schiller. Su frente se frunció de repente. "Ahora esto...", pensó para sÃ, reprochándose el haber sido el causante de que le encargaran un nuevo trabajo. Rehusar le parecÃa una falta de honradez, y además el oficial ruso habÃa alabado su trabajo. Movió ligeramente la cabeza, expresando su conformidad; pero el beso que Piragov al marcharse depositó con descaro en los mismos labios de la linda rubia lo sumergió en el mayor asombro.