La Nariz
La Nariz —¡No, no, hermanito! ¡Deja eso de señorÃa! Dime lo que tenÃas que hacer en el puente.
—Dios es testigo, señor, de que yo iba a visitar a mis clientes que debo afeitar y eche un vistazo para ver si la corriente era fuerte.
—¡Mientes! ¡Dices mentira! ¡No te escapas! ¿Me vas a contestar?
—Estoy dispuesto a afeitar a vuestra merced dos y aun tres veces por semana, sin retribución alguna —replicó Iván Yakovlevich.
—¡No, amigo! ¡Son tonterÃas! Me afeitan ya tres barberos que lo consideran un gran honor. Pero te ruego que me digas qué hiciste allÃ.

Iván se puso pálido…
Pero aquà una niebla impenetrable envuelve de repente nuestra historia, y no podemos relatar absolutamente nada sobre lo que sucedió después.