La Nariz

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Entonces, Iván Yakovlevich solía tomar una pulgarada de rapé y luego enjabonaba a Kovalev las mejillas, el labio superior, detrás de las orejas y detrás del mentón; en una palabra: le enjabonaba donde se le antojaba.

Tan honorable ciudadano había llegado, por fin, al puente de Isaac. Primero echó una mirada escrutadora a su alrededor; luego se dobló sobre la baranda como si quisiese convencerse de que había muchos peces en el río, y por último tiró cuidadosamente la nariz envuelta en el trapo.

Tuvo la sensación de quitarse un gran peso de encima. Hasta sonrió. En lugar de apresurarse para ir a afeitar a sus clientes, se dispuso a entrar en un restaurante que ostentaba un letrero con la inscripción: «Té y comida», para pedir una copa de ponche. Pero de repente vio en el extremo del puente, a poca distancia, al comisario de distrito, hombre de porte distinguido, con grandes patillas, y que llevaba tricornio y sable.

Iván Yakovlevich quedó pasmado. El comisario dijo, haciéndole una seña:

— ¡Acércate, querido!

Iván, conocedor de las reglas de cortesía que se estilaban, se descubrió desde lejos, se acercó al momento y dijo:

—¡Tenga, su señoría, muy buenos días!


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