La Nariz

La Nariz

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Se decidió a ir al puente de Isaac. ¡Acaso hallaría allí un medio de tirar la nariz al Neva, sin que nadie lo viera…!

Pero he cometido el error de no haber dicho todavía al lector nada sobre Iván Yakovlevich, personaje respetabilísimo en muchos aspectos.

Al igual que todos los artesanos rusos que tienen un alto concepto de ellos mismos, Yakovlevich era un terrible bebedor, y aunque todos los días afeitaba las barbas de los demás, nunca lo hacía con la suya propia. Su frac —puesto que Iván nunca usaba abrigo— era de varios colores, mejor dicho: negro y cubierto de manchas amarillas, pardas y grises; el cuello mostraba ya algún lustre, y en lugar de tres botones no se veían más que unos hilos cortados.

El barbero era un cínico desde todo punto de vista. El asesor de colegio Kovalev le decía, como de costumbre, mientras lo afeitaba:

—Tus manos siempre huelen mal, Iván Yakovlevich.

Iván respondía a eso con impasibilidad:

—¿Por qué han de oler mal?

—No sé, hermanito; pero huelen mal —replicaba el asesor escolar Kovalev.


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