La Nariz
La Nariz El barbero enmudeció. La idea de que un agente de policía podría descubrir la nariz y pedirle cuenta, le hundió en un estado de absoluto aturdimiento. Era como si viera ante él un cuello rojo con rico recamado de plata y un sable…, e Iván se estremeció. Acabó por ir a buscar sus pantalones y sus botas, se puso toda la ropa, envolvió la nariz en un pedazo de tela —mientras Prascovia Ossipovna le hacía advertencias muy desagradables— y salió de casa.
Tenía la intención de introducir la nariz en alguna alcantarilla, debajo de la puerta de una casa, o de dejarla caer cuando nadie lo viera, para luego doblar a una calle lateral. Mas, desgraciadamente, topó una y otra vez con conocidos, que no tardaron en preguntarle:
—¿Adónde vas?
—¿A quién vas a afeitar tan temprano?
Así pues, Iván Yakovlevich no acertó con el momento oportuno para realizar su propósito. Más tarde tuvo la suerte de poder dejar caer la nariz; pero un guardia le hizo desde lejos una seña con la alabarda y gritó:
—¡Recógelo! ¡Se te cayó algo!
Iván se vio obligado a recoger la nariz y a metérsela en el bolsillo. Una sorda desesperación se fue apoderando de él, tanto más cuanto que la calle se poblaba y se abrían los comercios y los restaurantes.