La Nariz

La Nariz

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El mayor Kovalev solía dar todos los días un paseo por la Perspectiva Nevski. El cuello de su camisa estaba siempre limpio y bien almidonado. Usaba patillas, de las que llevan todavía los agrimensores de Estado y de distrito, los arquitectos y médicos militares, así como las personas de las más diferentes profesiones; en suma: todos los que tienen las mejillas llenas, sonrosadas, y que saben jugar al boston. Las patillas se extendían desde el centro de los carrillos basta directamente debajo de la nariz.

Kovalev llevaba pendiente de la cadena del reloj toda una colección de dijes de cornalina en los que estaban grabadas unas armas, o una de las palabras miércoles, jueves, lunes, etc. Las circunstancias le habían obligado a ir a vivir a San Petersburgo, especialmente porque deseaba desempeñar un cargo correspondiente a su rango, como, si tuviera suerte, el de vicegobernador, o, por lo menos, el de humilde ejecutor de un departamento renombrado.

El mayor Kovalev no tenía inconveniente en casarse, ni mucho menos: pero su futura debía disponer de una dote de, por lo menos, doscientos mil rublos. Y ahora imagínese el lector los sentimientos que surgieron en el mayor cuando éste vio, en lugar de su linda y bien proporcionada nariz, sólo una superficie estúpida, lisa y plana.


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