La Nariz
La Nariz —Créame —aclaró el médico en voz ni muy alta ni muy baja, pero en tono persuasivo y sugestivo— que nunca ejerzo mi arte por el vil oro. Eso serÃa contrario a mis principios y a mi profesión. Aceptaré con mucho gusto una remuneración por mi visita, para no ofenderle negándome a cobrarle honorarios. Por cierto que yo podrÃa volver a pegarle la nariz. Pero, si usted no da crédito a lo que le digo, le doy mi palabra de honor: la cosa resultarÃa mucho peor. ¡Deje usted que obre la naturaleza! Lávese muy a menudo esa parte con agua frÃa, y le aseguro que se sentirá tan bien sin la nariz como con ella. Y, además, le aconsejo conservar la nariz en un vaso lleno de alcohol; mejor aún: eche allà dos cucharadas de aguardiente y vinagre caliente…, y podrá obtener mucho dinero por ella. Yo mismo se la comprarÃa, si no pide demasiado.
—¡No, no! ¡No la vendo por nada del mundo! —exclamó el mayor Kovalev en tono desesperado—. ¡Prefiero que se la lleve el demonio!
—Perdone usted —dijo el médico, despidiendose—; yo no querÃa sino serle útil… ¿Qué le vamos a hacer? En todo caso, usted se ha convencido de mi buena voluntad.