La Nariz
La Nariz Después de despedirse, se retiró, mostrando una actitud llena de dignidad. Kovalev ni siquiera le había visto bien la cara, y en su profundo aturdimiento había notado sólo los puños de la camisa, blanca como la nieve, que salían relucientes de las mangas del frac negro.
Al día siguiente resolvió, antes de poner pleito a la señora Podtochina, escribirle y preguntarle si no accedería a su demanda sin lucha. La carta decía:
Muy distinguida doña Alejandra Grigorievna:
No alcanzo a comprender su modo de obrar, sumamente extraño. Esté usted segura de que nada ganará con ello y que no me obligará a casarme con su hija. Lo de mi nariz está perfectamente aclarado, se lo aseguro, lo mismo que la circunstancia de que nadie sino usted es la autora principal. La desaparición repentina de su lugar, su huida, su disfraz de funcionario, así como su aparición posterior bajo la figura natural, todo eso no es sino consecuencia de una brujería que usted u otras personas que se dedican a innobles manejos similares a los suyos, han dirigido contra mí. Por mi parte, creo mi deber prevenirle que si la nariz en cuestión no volviera hoy mismo a su lugar, yo me vería obligado a acudir al juzgado para acogerme a su amparo y protección.
Sin otro motivo, reciba Vd. el testimonio de la mayor consideración de su atento y S. S.