Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Una muchacha encantadora! —continuó el joven de la casaca blanca, sin apartar los ojos de ella—. ¡DarÃa todo lo que poseo por besarla! ¡Mirad, a su lado viaja el diablo en persona!
Se oyeron carcajadas por todas partes; el campesino siguió caminando con pasos lentos junto al carro, pero a su emperifollada compañera no pareció agradarle mucho ese saludo: sus rojas mejillas se volvieron de fuego, y un torrente de palabras escogidas llovió sobre la cabeza del descarado muchacho.
—¡Ojalá te atragantes, granuja! ¡Ojalá a tu padre le caiga una olla en la cabeza! ¡Ojalá resbale en el hielo ese maldito anticristo! ¡Ojalá el diablo le chamusque la barba en el otro mundo!
—¡Mirad cómo insulta! —dijo el muchacho, con los ojos casi fuera de sus órbitas, como aturdido ante esa irresistible andanada de improperios inesperados—. ¡Y pensar que a esa bruja centenaria ni siquiera le duele la lengua al pronunciar esas palabras!
—¡Centenaria! —exclamó la beldad madura—. ¡Grosero! ¡Empieza por lavarte! ¡Granuja! ¡Miserable! ¡No conozco a tu madre, pero debe ser una puerca! ¡Y tu padre otro! ¡Y tu tÃa también! ¡Centenaria! Y todavÃa no se le ha secado la leche en los labios…