Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka En ese momento llegó ante la jata; la ventana estaba abierta; los rayos de la luna penetraban por ella y caían sobre la dormida Hanna; su cabeza se apoyaba en la mano; las mejillas mostraban un suave rubor; los labios se movían y pronunciaban confusamente el nombre de Levko. «¡Duerme, amada mía! Sueña con todas las cosas hermosas que hay en el mundo; pero ni siquiera ese sueño será más hermoso que nuestro despertar».
Después de hacer la señal de la cruz sobre ella, cerró la ventana y se alejó en silencio. Al cabo de unos minutos, todos dormían en la aldea; sólo la luna, brillante y maravillosa, navegaba por las inmensas extensiones del suntuoso cielo de Ucrania. Todo en las alturas seguía respirando solemnidad, y la noche, la divina noche, se consumía majestuosamente. La Tierra, envuelta en ese maravilloso resplandor plateado, mostraba la misma hermosura; pero ya nadie se embriagaba con ese espectáculo: todos se habían hundido en el sueño. Sólo de vez en cuando quebraban el silencio el ladrido de algún perro o el tambaleante paso del borracho Kalenik, que durante largo rato siguió recorriendo las calles dormidas en busca de su jata.