Las Veladas de Dikanka

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—¡Me parece muy oportuno, señor alcalde!

—¿Y cuándo será la boda, padre? —preguntó Levko.

—¿La boda? ¡Te voy a dar yo boda!… Bueno, en honor de nuestro ilustre huésped… el pope os casará mañana. ¡Al diablo con vosotros! ¡Al menos el comisario verá cómo trabaja un funcionario escrupuloso! ¡Y ahora, muchachos, a dormir! ¡Marchaos a vuestras casas!… Los acontecimientos de este día me traen a la memoria aquellos tiempos en que yo… —al pronunciar esas últimas palabras el alcalde, según su costumbre, miró de soslayo con aire de importancia y complicidad.

—Bueno, ahora el alcalde empezará a contar cómo acompañó a la zarina —dijo Levko, y con pasos rápidos y alegres se dirigió a la jata rodeada de pequeños cerezos que ya conocemos. «Que Dios te acoja en su reino, hermosa y buena doncella», pensaba. «¡Ojalá en el otro mundo puedas sonreír eternamente entre los ángeles celestiales! A nadie le hablaré del prodigio de esta noche; sólo a ti, Halia, te lo contaré. ¡Sólo tú me creerás y rezarás conmigo por el eterno descanso de la desdichada ahogada!».


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