Las Veladas de Dikanka

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—Ayer por la tarde —contó— fui a la ciudad y me encontré con el comisario en el momento en que éste salía de su calesa. Al enterarse de que soy natural de la aldea, me dio esta nota y me ordenó decirte que a su vuelta se quedaría a cenar en nuestra casa.

—¿Dijo eso?

—Sí.

—¿Habéis oído? —dijo el alcalde con aire de importancia, volviéndose hacia sus compañeros— el comisario en persona va a venir a cenar a nuestra casa, quiero decir a mi casa. ¡Oh! —en ese momento el alcalde levantó el dedo e inclinó ligeramente la cabeza, como si prestara atención a algún ruido—. El comisario, ¿lo habéis oído? ¡El comisario va a venir a comer a mi casa! ¿Qué te parece, señor escribano? ¿Y a ti, compadre? Es un gran honor, ¿no os parece?

—Que yo recuerde —comentó el escribano—, el comisario nunca se ha quedado a cenar en casa de ningún alcalde.

—¡Es que hay alcaldes y alcaldes! —exclamó con aire satisfecho el regidor. Su boca se torció y de sus labios salió una especie de risa pesada y ronca, semejante al estrépito de un trueno lejano—. ¿Qué piensas tú, señor escribano? Para agasajar a ese ilustre huésped, ¿no convendría ordenar que cada vecino trajera al menos un pollo, una pieza de tela y alguna otra cosa?… ¿No?


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