Las Veladas de Dikanka

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Entonces, ¿quieren ustedes que les cuente más cosas de mi abuelo? Y ¿por qué no, si les divierten esas historietas? ¡Ah, los viejos tiempos! Qué alegría, qué contento se aposenta en el corazón cuando se oye hablar de lo que sucedió en el mundo hace tanto tiempo que no se puede determinar ni el mes ni el año. Y si encima ha intervenido en los hechos algún familiar, un abuelo o un bisabuelo, entonces no se puede pedir más. Que me atragante mientras invoco a Santa Bárbara si no se tiene la impresión de que es uno mismo el que ha hecho todo eso; parece como si nos hubiéramos deslizado en el alma del abuelo o bien el alma del abuelo se revolviera dentro de nosotros… Pero las que más me importunan con sus apremios son nuestras jóvenes y muchachas. En cuanto me ven, empiezan: «¡Fomá Grigórievich, Fomá Grigórievich! ¡Cuéntanos una historia de miedo, por favor!…». Y siguen: «tara-ta-ta, ta-ta-ta…». Claro que a mí no me cuesta nada contarles alguna anécdota, pero hay que ver el miedo que pasan luego en la cama. Estoy seguro de que todas tiemblan bajo la manta como si tuvieran fiebre, y que les gustaría taparse hasta las orejas con sus abrigos de piel de cordero. Dios bendito, basta que una rata arañe una olla o que ellas mismas tropiecen con el atizador para que ya estén muertas de miedo. Y al día siguiente, como si no hubiera sucedido nada, ya me están pidiendo que les cuente otro relato de terror. ¿Y qué puedo contarles a ustedes? Así de pronto, no me viene nada a la cabeza… Bueno, les contaré cómo las brujas jugaron al burro con mi difunto abuelo. Pero les pido por anticipado, señores, que no me interrumpan, pues si no saldrá una gelatina que dará vergüenza llevársela a los labios. Debo decirles que mi difunto abuelo no era un cosaco cualquiera. Sabía leer y escribir y en los días de fiesta recitaba los Hechos de los Apóstoles con mayor maestría que cualquier hijo de pope de nuestros días. Además, ya saben ustedes que en aquellos tiempos, si se hubiera juntado a todos los habitantes de Baturin que sabían leer y escribir, no habría sido necesario poner un gorro para recogerlos, pues hubieran cabido todos en la palma de la mano. No debe sorprendernos, por tanto, que cuantos se cruzaban con él se inclinaran casi hasta el suelo.


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