Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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Es posible que nuestros cosacos hubieran seguido su camino si la noche no hubiera cubierto todo el cielo como un lienzo negro y los campos no se hubieran vuelto tan oscuros como si estuvieran bajo una pelliza de piel de cordero. En la lejanía sólo se vislumbraba una lucecita, y los caballos, oliendo el establo cercano, avivaban el paso, aguzando las orejas y clavando los ojos en la oscuridad. La lucecita parecía avanzar hacia ellos, y los cosacos no tardaron en ver una taberna totalmente vencida de un lado, como una campesina cuando regresa de un alegre bautizo. En aquellos tiempos las tabernas no eran como las de ahora. Un hombre honrado no tenía espacio para desenvolverse, bailar la gorlitsa y el hopak, ni siquiera para tumbarse cuando el vino se le subía a la cabeza y los pies empezaban a trazar eses. El patio estaba lleno de carretas de vendedores de sal; bajo los cobertizos, en los pesebres, en el zaguán, acurrucados o estirados, los hombres roncaban como gatos. Sólo el tabernero, delante de un candil, marcaba en un palo con un cuchillo el número de cuartillos y medios cuartillos que los carreteros se habían bebido. El abuelo, tras encargar un tercio de cubo para los tres, se dirigió al granero. Los tres hombres se tendieron uno al lado del otro. Mi abuelo no había tenido tiempo de volverse, cuando sus paisanos ya dormían como troncos. Tras despertar al tercer cosaco, el abuelo le recordó la promesa que habían hecho a su compañero. El otro se incorporó, se frotó los ojos y de nuevo se quedó dormido. No había nada que hacer: tendría que montar guardia él solo. Para ahuyentar el sueño, se puso a examinar todos los carros, se fue a ver los caballos, encendió su pipa, regresó y volvió a sentarse cerca de sus compañeros. Todo estaba en silencio; no se oía ni el vuelo de una mosca. De pronto le pareció que, detrás de un carro vecino, una criatura gris enseñaba los cuernos… Sus ojos empezaron a cerrarse con tanta obstinación que tuvo que frotárselos a cada minuto con el puño y refrescarlos con el vodka sobrante. De ese modo la vista se le aclaraba ligeramente, pero poco después todo volvía a desaparecer. Al cabo de un rato volvió a ver al monstruo detrás de un carro… Mi abuelo abrió los ojos tanto como pudo, pero esa maldita somnolencia lo cubría todo de bruma; los brazos se le quedaron rígidos, la cabeza se le dobló y un sueño profundo se apoderó de él, de modo que acabó derrumbándose como un muerto. Durmió largo tiempo y sólo cuando el sol comenzó a calentar su cogote rasurado se despertó y se puso en pie de un salto. Se estiró un par de veces, se rascó la espalda y de pronto advirtió que ya no había tantos carros como la víspera. Al parecer, los carreteros se habían puesto en marcha antes del amanecer. Miró a sus compañeros: el cosaco dormía, pero el zaporogo había desaparecido. Preguntó a varias personas, pero nadie sabía nada. En el lugar sólo había quedado su casaca. El miedo y la perplejidad se apoderaron del abuelo. Fue a ver los caballos y descubrió que faltaban tanto el suyo como el del zaporogo. ¿Qué significaba eso? La fuerza maligna podía haberse llevado al zaporogo, pero ¿cómo explicar la ausencia de los caballos? Tras considerarlo todo, el abuelo llegó a la conclusión de que el diablo probablemente había llegado a pie y, como el infierno no estaba cerca, se había llevado su montura. A mi abuelo le apenaba no haber mantenido su palabra de cosaco. «Bueno —pensó—, no hay nada que hacer: tendré que ir a pie. Con un poco de suerte me encontraré por el camino con algún comerciante que vuelva de la feria, y de algún modo me las arreglaré para que me venda su caballo». Sólo cuando iba a ponerse el gorro, advirtió que éste había desaparecido. Mi difunto abuelo se llevó las manos a la cabeza cuando recordó que la víspera lo había cambiado provisionalmente con el del zaporogo. ¿Quién podía habérselo llevado sino el maligno? ¡Vaya con el correo del hetman! ¡Bonita manera de llevarle el mensaje a la zarina! En ese momento mi abuelo obsequió al diablo con tales lindezas que éste debió de estornudar más de una vez en el infierno. Pero de poca ayuda le sirvieron los insultos, y por mucho que se rascó la nuca no pudo hallar ninguna solución. ¿Qué hacer? Decidió pedir consejo a los otros: reunió a todos los hombres de bien que había en la taberna, carreteros y simples viajeros, y les explicó la desgracia que le había sobrevenido. Los carreteros reflexionaron durante un buen rato, con la barbilla apoyada en el bastón, sacudieron la cabeza y dijeron que nunca habían oído hablar de un prodigio semejante: ¡el diablo había robado nada menos que un mensaje del hetman! Algunos añadieron que cuando un diablo o un moskal robaba una cosa, más valía olvidarse de ella. Sólo el tabernero seguía callado en su rincón. El abuelo se dirigió a él, pues cuando una persona guarda silencio es señal de que algo sabe. No obstante, el tabernero se mostraba reacio a hablar, y si mi abuelo no hubiera sacado del bolsillo cinco monedas de oro, hubiera esperado en vano su respuesta.


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