Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —No tengo por qué ocultaros nada —dijo él, volviéndose de pronto y mirándolos fijamente—. Sabed que he vendido mi alma al diablo.
—¡Pues vaya una cosa! ¿Quién, a lo largo de su vida, no ha tenido que vérselas con el diablo? Ahora lo que hace falta, como se dice, es correrse una buena juerga.
—¡Ay, muchachos! ¡Lo harÃa de buena gana, pero esta noche se cumple mi plazo! ¡Ay, amigos! —exclamó, estrechando sus manos— ¡no me abandonéis! Velad conmigo toda la noche y nunca olvidaré vuestra amistad.
¿Cómo no ayudar a un hombre en semejante apuro? Mi abuelo declaró abiertamente que antes se dejarÃa cortar el tupé que permitirle al diablo olisquear un alma cristiana con su hocico de perro.