Las Veladas de Dikanka

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Así pues, ambos hombres se encontraron y, tras intercambiar unas palabras, se hicieron amigos. Se pusieron a charlar y al cabo de un rato mi abuelo se había olvidado por completo de su misión. Empezaron a beber como en una boda antes de la cuaresma, hasta que, finalmente, se aburrieron de romper jarras y de arrojar monedas a las gentes; además, no iban a quedarse en la feria para siempre… Los amigos decidieron no separarse y hacer el camino juntos. Había anochecido cuando salieron al campo. El sol se había ido a descansar; en su lugar, brillaban en algunos puntos bandas rojizas; en la llanura destacaban los abigarrados campos de trigo, semejantes a los trajes de fiesta de las bellas de negras cejas. Nuestro zaporogo se había vuelto muy locuaz. Mi abuelo y otro juerguista que se les había unido empezaron a pensar que estaba poseído por el demonio. ¿De dónde había sacado todas esas anécdotas? Contaba historias y sucesos tan estrafalarios que mi abuelo tuvo que llevarse varias veces las manos a los costados y estuvo a punto de reventar de la risa. Pero a medida que avanzaban, el campo se iba haciendo más sombrío y el discurso del zaporogo se volvía más incoherente. Finalmente, nuestro narrador quedó en silencio, sobresaltándose al menor ruido.

—¡Eh, eh, paisano! Te has puesto tan serio como si estuvieras contando lechuzas. Parece que ya sólo piensas en llegar a tu casa y tumbarte en la estufa.


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