Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Al día siguiente, antes de que el gallo cantara por cuarta vez, mi abuelo estaba ya en Konotop. Esos días se celebraba allí la feria y había tanta gente por las calles que los ojos se nublaban. Pero como era temprano, todos estaban dormidos, tendidos sobre el suelo. Junto a una vaca había un juerguista con una nariz tan colorada como un petirrojo; algo más allá, sentada junto a sus pedernales, perdigones, añil y buñuelos, roncaba una vendedora; bajo una carreta yacía un gitano; un pescadero estaba tumbado sobre su mercancía; en medio de la carretera dormía, con las piernas abiertas, un moskal[12] barbudo que vendía cinturones y manoplas… En fin, toda clase de gente, como en cualquier feria. El abuelo se detuvo para contemplarlo todo con mayor detenimiento. Entre tanto, la gente empezaba a moverse en las tiendas: los mercaderes judíos hacían tintinear sus botellas; volutas de humo se elevaban aquí y allá, y un olor a dulces calientes se extendía por todo el campamento. El abuelo recordó que no tenía eslabón ni tabaco a mano y decidió darse una vuelta por la feria. No había tenido tiempo de dar veinte pasos cuando se encontró con un zaporogo. ¡No había más que mirarle a la cara para ver que se trataba de un juerguista! Vestía unos pantalones bombachos tan rojos como el fuego, una casaca azul y un cinturón de color vivo; llevaba un sable en el costado y una pipa con una cadenita de cobre le colgaba hasta los talones: ¡un zaporogo de los pies a la cabeza! ¡Ah, qué gente aquélla! Había que ver cómo se levantaban, se estiraban, se atusaban con la mano el soberbio bigote, hacían sonar los tacones y se lanzaban a bailar. ¡Y de qué modo! Las piernas se meneaban como un huso en manos de una campesina; las manos pasaban en tromba por todas las cuerdas de la bandurria y, a continuación, con los puños en las caderas, se ponían en cuclillas y bailaban; y cuando cantaban, ¡era una fiesta para el alma!… No, esos tiempos han pasado. ¡Ya no hay zaporogos así!