Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¿Habéis decidido burlaros de mÃ, raza de Herodes? ¡Si no me dais ahora mismo mi gorro de cosaco, llamadme católico si no os pongo en la nuca esas jetas de cerdo!
Nada más pronunciar esas palabras, los monstruos enseñaron sus dientes y prorrumpieron en una carcajada tan estruendosa que el abuelo sintió escalofrÃos.
—¡De acuerdo! —chilló una de las brujas, que a mi abuelo le pareció la jefa del grupo, ya que su semblante parecÃa algo menos feo que el de las otras—. Te devolveremos tu gorro, pero antes tendrás que jugar con nosotras tres veces al burro.
¿Qué podÃa hacer? ¡Un cosaco como él jugando al burro con mujeres! Mi abuelo se hizo rogar durante un buen rato, pero finalmente se sentó a la mesa. Trajeron unas cartas pegajosas, de esas que entre nosotros sólo usan las hijas de los popes para echar suertes sobre sus futuros esposos.
—¡Escucha! —ladró de nuevo la bruja— con que ganes una sola vez, el gorro será tuyo; pero si te quedas las tres veces con el burro, no sólo perderás el gorro, sino que jamás volverás a ver la luz del dÃa.
—¡Reparte, da cartas, vejestorio! Que pase lo que tenga que pasar.