Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Distribuyeron las cartas. Mi abuelo cogió las suyas; eran tan malas que casi no quiso ni mirarlas: ni siquiera un triunfo. La más alta era un diez y ni siquiera una pareja, mientras la bruja no paraba de sacar cincos. Por tanto, fue él quien se quedó con el burro. En cuanto mi abuelo perdió la partida, por todas partes surgieron hocicos que se pusieron a relinchar, a ladrar y a gruñir: «¡Burro! ¡Burro! ¡Burro!».
—¡Ojalá reventéis todas, hijas del diablo! —gritó mi abuelo, tapándose los oÃdos.
«Bueno, pensó, la bruja ha hecho trampas. Ahora me toca a mà repartir». Mi abuelo distribuyó las cartas y marcó el palo. Miró sus cartas: eran buenas, tenÃa triunfos. Al principio todo iba a las mil maravillas, pero la bruja tenÃa cincos y reyes. Mi abuelo sólo tenÃa triunfos en la mano y, sin pensárselo dos veces, se puso a matar los reyes.
—¡Ja, ja! ¡Eso no es propio de cosacos! ¿Con qué matas, paisano?
—¿Cómo que con qué? ¡Con triunfos!
—Puede que para vosotros esos sean triunfos, pero entre nosotros no.