Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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Tras pronunciar esas palabras y gozar de un breve descanso, mi abuelo montó en su caballo y no se detuvo ni de día ni de noche hasta llegar a su destino y entregar el mensaje a la zarina en persona. Allí vio mi abuelo tantas maravillas que durante mucho tiempo tuvo asuntos de los que hablar: cómo lo habían llevado a un palacio tan alto que ni siquiera diez jatas superpuestas habrían alcanzado su altura; cómo había entrado en una habitación, después en una segunda, más tarde en una tercera, a continuación en una cuarta y sólo al llegar a la quinta había visto sentada a la zarina que, engalanada con una corona de oro, vestida con una casaca gris completamente nueva y calzada con botas rojas, comía galushkas doradas; cómo ésta había ordenado que le llenaran el gorro de billetes azules[13]; cómo… ¡Pero no puede uno acordarse de todo! En cuanto a sus aventuras con los diablos, nunca pensaba en ellas, y si sucedía que alguien las mencionaba, mi abuelo guardaba silencio, como si no hubiera tenido nada que ver en el asunto, y costaba mucho trabajo convencerlo de que contara todo lo que había pasado. Sin duda, como castigo por no haberse ocupado inmediatamente de purificar la jata, todos los años, siempre en la misma época, a su mujer le sucedía algo muy extraño: en cualquier circunstancia, sin que lo pudiera remediar, sus piernas seguían su propia voluntad y la obligaban a bailar la prisiadka[14].


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