Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Tras poner los pies en el suelo, mi abuelo se santiguó. ¡Qué suceso tan diabólico! ¡Qué cosas tan sorprendentes pueden sucederle a un hombre! Se miró las manos: estaban llenas de sangre; miró su cara en un tonel lleno de agua y vio que también estaba ensangrentada. Se lavó a conciencia para no asustar a los niños, entró sin hacer ruido en la casa y vio que éstos reculaban asustados hacia él, señalando con el dedo el interior de la vivienda. «¡Mira, mira, mamá está dando saltos como una loca!», decían. Y así era: la mujer, dormida delante de la rueca, con el huso entre las manos, brincaba sobre el banco. Mi abuelo la cogió suavemente de la mano y la despertó: «¡Hola, esposa mía! ¿Cómo estás?». La mujer estuvo un buen rato mirándolo con ojos desorbitados; finalmente, terminó por reconocer a su marido y le contó que había soñado que la estufa se paseaba por la casa y arrojaba con una pala ollas, cubetas y Dios sabe qué más. «Bueno, dijo mi abuelo, al menos esas cosas las has soñado, a mí me han sucedido otras parecidas de verdad. Por lo que veo, será necesario purificar nuestra jata; pero ahora no tengo tiempo que perder».