Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka El pobre hombre, al verlo, se echó a llorar como una criatura, ¡tanta pena le daba su viejo compañero!
—¡Dadme otro caballo para salir de vuestra guarida!
Un diablo sacudió su fusta y mi abuelo, de pronto, se sintió transportado por un caballo impetuoso como el fuego, que le llevó por los aires lo mismo que un pájaro.
No obstante, a mitad de camino se sintió dominado por el miedo, pues el caballo, sin escuchar sus gritos ni obedecer a las riendas, cabalgaba por encima de precipicios y ciénagas. Cómo serían aquellos parajes que uno se echaba a temblar en cuanto le oía describirlos. En una ocasión miró bajo sus pies y se asustó aún más: ¡un abismo! ¡Un barranco vertiginoso! Pero el animal diabólico, sin preocuparse de nada, lo atravesó de un salto. Mi abuelo trató de mantenerse sobre su montura, pero fue en vano. Cayó entre tocones y terrones y chocó con tanta fuerza contra el suelo que pensó que había entregado el alma. En todo caso, no se acordaba de lo que sucedió después. Cuando recuperó el conocimiento y miró a su alrededor, ya había amanecido; ante él surgieron unos parajes conocidos, pues estaba tendido en el tejado de su propia jata.