Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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Por suerte, la bruja tenía malas cartas; mi abuelo, en cambio, había ligado algunas parejas. Empezó a robar del montón, pero no había nada que hacer: le vinieron unas cartas tan malas que mi abuelo se descorazonó. En el montón no quedó ni una sola carta. Mi abuelo, sin ni siquiera mirar, salió con un simple seis; la bruja lo cogió. «¡Vaya! ¿Qué significa esto? ¡Aquí está pasando algo raro!». Lentamente, mi abuelo puso los naipes con disimulo debajo de la mesa e hizo sobre ellos la señal de la cruz; de pronto advirtió que tenía en las manos el as, el rey y la sota de triunfo, y que la carta que había tomado por un seis era una reina.

—¡Qué tonto he sido! ¡El rey de triunfo! ¡Qué! ¿Vas a cogerlo? ¡Ah, raza gatuna!… ¿Y el as no lo quieres? ¡As! ¡Sota!

En el infierno retumbó un trueno; la bruja empezó a sufrir convulsiones y, de pronto, sin que se supiera de dónde venía, el gorro le cayó a mi abuelo en plena cara.

—¡No, eso no es suficiente! —gritó mi abuelo, envalentonándose y poniéndose el gorro—. Si no aparece ahora mismo mi bravo corcel, ¡que me parta un rayo en este lugar impuro si no hago la señal de la cruz sobre todos vosotros! —y levantaba ya la mano para cumplir su amenaza, cuando delante de él cayeron ruidosamente los huesos de su caballo.

—¡Ahí lo tienes!


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